14 julio 2009

Digamos que es una cuestión de educación



Mi amigos filósofos y otros bichos del estilo (de esos que piensan en la profundidad y que hay cosas por debajo de la realidad o más allá), siempre se enfadan cuando en medio de una conversación “profunda” lanzo alguna aseveración que la hace terriblemente superficial. Se enfadan:

1. Por la conversación, porque prometía más y porque vislumbraban, mediante un sincero y sencillo ejercicio de escucha, alguna respuesta al problema;

2. Por ellos, que piensa y generalmente se da un buen ejercicio de reflexión;

3. Conmigo, conmigo siempre se enfadan, les parezco desleal, no piensan que soy idiota sino algo diferente, algo peor. Me ven con los ojos de: “Traidor hijo de la chingada, no podías esperarte a que acabáramos para decir tus chingaderas. No podías.” Generalmente se desesperan (ya iracundos): algunos cortan la conversación, algunos me dicen con tristeza “No va por ahí, es otra cosa…”, algunos (los menos) se ríen, hacemos un par de bromas y regresamos, más frescos, al tema central.

Hace poco un buen amigo y yo discutíamos sobre el comportamiento de un sujeto. El defendía la parte pedagógica, psicológica y de carácter, un tanto la parte, digamos de clase, lo cual llevaba a una cierta ideología y daba como resultado un comportamiento. Yo opinaba casi lo mismo (exceptuando un poco la psicología porque me parece una ciencia gelatinosamente blanda) con la diferencia de que extendí el argumento hasta, digamos, el gusto.

El argumento fuerte de mi interlocutor era la psicología y el carácter, dado por una serie de circunstancias y momentos en su vida. Yo argumentaba más o menos por la línea, sólo que no dejaba en claro que el sujeto, por ejemplo, nunca tomaría un Paradis por no decir un Richard Hennessy y en cambio, sí elegiría Presidente o Ron Blanco. Velé esta parte porque era la parte débil de mi argumento, pero que realmente deja ver una serie de comportamientos, gustos y conocimientos que le dan al ser humano otra visión de la vida. Los griegos determinaban si una cultura era civilizada o no por la capacidad que tenía de hacer vino y pan.


Al final y ya un poco cansado de hablar del tema, le dije que era una cuestión de gusto, de buen gusto, incluso. No mames, respondió. Y tenía razón en parte, claro que cualquier persona primero debe estar realmente educada para tener un buen juicio de gusto. Al final mi interlocutor se desespero hasta que le dije: Es una cuestión de gusto y si no lo tiene es porque no está educado. Entonces es una cuestión de educación, me dijo, lo cual es muy diferente. Puede ser, le respondí, digamos que es una cuestión de educación, ¿quieres más vino?

11 julio 2009

Twitter: What am I doing?


Estoy trabajando con Johnny Deep en algunos proyectos. No hay reflexión escatlógica. Le digo que apuesto por Amber Valletta y Emma Watson. Revisamos algunos municipios y posibilidades. Él insiste en llamar por teléfono para conseguir info. Le digo que ya es tarde. Luego manda a casa de la Malinche a alguien. Joaquín Sabina de fondo.
Por cierto Twitter me parece, digamos, una chingadera.

10 julio 2009

Instrucciones para leer un libro


No sé si en uno de los innumerables textos de Julio Cortázar exista alguno que se titule: Instrucciones para leer un libro. Desconozco incluso si toca el tema (seguramente hará alusión a ello en alguna parte). Una vez me regalaron un libro. No era cualquier libro. Era una crónica de viaje. Antes leí otras crónicas, novelas en forma de crónica, cuentos con la misma forma. Sólo que este texto en particular era especial.

La pregunta es: ¿Cómo leer este libro? Por ejemplo, en razón de tiempo: leerlo despacio, por días, o leerlo de corrido, rápido completo y luego regresar y detenerme. Antes de leer, antes de enfrentarme con aquello desconocido que me habían platicado, antes de enfrentarme a las letras y conocer – más allá de toda sabiduría y nigromancia – los secretos del libro. Tenía que hacerme la pregunta. Entonces me senté frente al libro y como quien quiere preguntarle a una chica si quiere ir al cine, esperé a que me dijera algo. Desafortunadamente no me dijo nada. Desafortunadamente no hice la pregunta. La chica no se enteró de la invitación al cine.

Casi cualquier libro, en casi cualquier circunstancia, no exige ni requiere la pregunta. Sólo se lee y ya. Nos dejamos de reflexiones, idiologías, hermenéuticas y demás. Sólo se lee y punto. Este no. Aunque sabía, siempre lo supe, que lo leería de corrido. Sabía que por más tiempo que esperara, terminaría por abrirlo y leerlo. No me importaba si pasaba una, dos, tres horas, no importaba si lo terminaba pronto y lo volvía a leer inmediatamente. Al final eso hice. No sé qué diferencia si hubiera actuado de otra manera. No sé. No había otra manera.

De qué trataba: una crónica de viaje y otras cosas que aún pienso, que aún recuerdo y que no veo el momento de dejar de pensarlas.

04 julio 2009

Werhter y el sexo

Acabo de leer una cursilería espantosa sobre el amor. Mi primera reacción: burlarme. Uno no se pasa algunos fines de semanas haciendo una tesis sobre Eros para luego no decir nada. Pensé entonces en la postura de un viejo amigo respecto al amor y al sexo. Él opta por la división, ni más ni menos. El sexo debe convertirse en una manifestación del amor que él demuestra. Por ello, tener sexo en un automóvil, al no corresponder con la magnitud del amor que él siente por la chica, está completamente fuera de lugar; incluso se convierte en un insulto para ella y para él mismo.

Exagerando el ejemplo, que de suyo es exagerado, digamos que ella quiere ser tener sexo violento y desenfrenado en la sala o en el comedor de su casa. ¿Será posible que él acepte? La reflexión no es menor, él puede llegar a pensar que fornicar con una mujer que, digamos ama (o al menos de la que está enamorado) tiene que ser especial. Ella, Él, velas, la luna, las olas del mar meciendo las caricias en medio de la salada e impúdica sensación de espermatozoides atrapados o no en una prisión de latex. 

La cuestión es preocupante en varios sentidos. Personalmente creo que es, o podría ser, incluso patológica. Es decir, si alguien es capaz de tener un one night stand con una desconocida y tener sexo sin más, pero nos es capaz de tener la misma relación, digamos con una novia, tarde o temprano las cosas caerán por su propio peso. El tema me apasiona, pero sé que en el fondo no lograré cambiar a este amigo – aunque espero que la experiencia y la vida hagan lo suyo y se dé la evolución necesaria –, no lograré cambiar la forma en que piensa o ve a algunas mujeres. Lo lamento mucho: pero podría morir por su derecho que tiene de decirlas y moriría por no escucharlas.

Hay quienes nacimos escindidos de alguna manera. Qué bueno que mi escisión no tenga que ver con los placeres carnales, la pasaría terrible. En uno de los pasajes de Fausto, Mefistófeles le dice al enamorado Dr.: Al fin somos lo que somos, puedes ponerte disfraces y máscaras, pero eres lo que eres. Mi amigo es Dan Woolf, yo Larry Gray.

01 julio 2009

El ocaso del pensamiento


Thriller

Paco me preguntó sobre Michael Jackson.
Lo unico que pude responder, y lo único que respondia antes y después de la muerte del blanquillo, es: A mí thriller me gusta mucho, pero desde que vi un secuencia de una de estas pleículas donde la heroína pide crecer y le caen polvos mágicos y crece y se da cuenta de que no puede hechar a perder su vida, desde que vi esa secuencias en donde sale Jennifer Garner bailando como el hombre de la nariz postiza, cada vez que alguien lo menciona, sólo puedo pensar en Jennifer Garner. Es el mejor legado que un hombre puede dejar.

The Mentalist
Un sujeto en la televisión resuelve casos o es como detective o algo así. El caso es que le dice a otro (que a leguas se ve que es menos listo y raya en la imbecilidad) que por un dolar le dará el secreto para seducir a una mujer. El sujeto, que es un imbécil, acepta y le da el dolar. El otro le dice: amor y afecto. El idiota quiere su dolar de regreso. El tipo le dice entonces (la escena se desarrolla en un velorio) que le apostará 100 a que seduce a quien él, el imbécil, elija. Él, el imbécil, elige a la viuda. No sé en qué termina el caso. Seguro alguien gana 100 dólares. Amor y afecto, tan sencillo como llamarse Giacomo Casanova. 

Partidos Políticos
No me he pronunciado sobre el voto en blanco, el voto nulo, el voto independiente y las demás modalidades. No creo que la anulación sea un buen camino. Lo blanco sólo en Eva Green. Ser independiente lleva muchas responsabilidad, ser independiente suena como a tipos de prepa queriendo ser independientes: llenos de ilusiones, dejando un prescedente, grabando sus spots en un restaurante; ¡están chavos! Me reservo lo del mesías tropical, la pena de muerte, la maestra, y los demás: lamentables. Mi postura: no descomponer el poco orden, votar por algún partido.

Mujeres
Realmente es muy cabrón cuando las mujeres se sienten el punto central del universo. No dejan de asombrarme.

Leighton Meester
Paco y yo coincidimos en que no es tan guapa pero tiene algo. En las mismas circunstancias está Blake Lively, y alguien más que no recuerdo. Ambos creemos, que בר רפאלי, es muy guapa. Olivia Wilde no acaba de gustarle. Ni idea de Evangeline Lilly. Ambos creemos en la belleza y sólo él cree en la vida después de la vida. Nunca aprenderá. 

26 junio 2009

Basta, Scarlett

Por supuesto que me declaré a favor de la belleza de Charlotte en Lost in Translation, el personaje cautivaba, la mujer era simplemente bella. Aplaudí Match Point y comprobé, una vez más, que mujeres como Nola Rice, hacen que el suicidio sea (y no) el problema filosófico par excellence. Levanté la voz ante la injusticia que sufría la rubia en The Black Dahlia, aunque entendí (jamás lo tendré por justificado) con cierta perversión, la cuestión de marcar a una mujer, a esa mujer, a Kay Lake. Cuando RGV corría, su grito de guerra era: Venga, Scarlett. El punto culmen. La nueva musa.

Llegó entonces Mary Boleyn y preferí, en un momento álgido y desesperanzador a Anne. Silkenn Floss me pareció nadie frente a Plaster of Paris (The Spirit resultó una broma de mal gusto). Rogaba entonces que María Elena se enamorara de Vicky para entonces sí llamarme Juan Antonio. Luego vino la fatalidad de escucharla cantar. El horror se apoderó de mí, como en los relatos de Poe y como en las narraciones de Don Tremens, quise emparedarla. Pálida sombra fue Cristina de Nola, Mary de Charlotte. Hasta que hace unas horas, mi amigo Francisco P., me dijo el fatal nombre.
Basta, Scarlett, le contesté, ya estuvo bien, ya me hartó, no está tan guapa, me tiene hasta la madre, hasta la madre su sonrisa, su nariz, sus labios gruesos y ensayados, su voz, sus dotes de gran actriz. Basta, Sacarlett, a la congeladora, el tiempo no está para rubias carajo.

25 junio 2009

Cabellos


Estoy acostado sobre mi lado izquierdo. Tengo las cobijas encima, hasta el hombro, que es el derecho, y con la cabeza descubierta. Estoy despierto, abrí los ojos sólo para darme cuenta de que es de madrugada. Lo sé sin ver el reloj. Lo sé porque dejé el libro a la una de la mañana. Escucho las últimas gotas de lluvia. Vuelvo a cerrar los ojos. No duermo pero cierro los ojos. Las gotas que mueren sobre los cristales hacen un ruido sordo. Pienso en algunas cosas del trabajo, le doy un par de vueltas a las opiniones políticas de Steiner y pienso en Ariane, la heroína de Bella del Señor. No me muevo. No sé cuánto tiempo pasa pero sigo con los ojos cerrados y la mente alerta. Sé que, si no me muevo, pronto recuperaré el sueño. Pienso en lo que estaba soñando. Trato de recordar alguna imagen. Nada. Tengo cierta necesidad de abrir los ojos pero me contengo. Luego siento como va subiendo. La sensación no me sobresalta. Permanezco quieto.

Después de uno o dos intentos, alcanzo a percibir mi respiración. Luego siento unos cabellos sobre los míos, sobre mis párpados, mi nariz y mis labios. No me muevo. Sé que son largos, lacios y negros. Me viene a la cabeza una de esas películas japonesas de terror. Siento que lo que tengo encima, es algo parecido y sé, que si abro los ojos puedo o no encontrármelo. De cualquier manera, la sensación desaparecería, ya sea por el horror, por el desencanto de que no exista o por una rara mezcla de ambos que me harían pensar que esto perdiendo la razón. Percibo mi respiración aunque sin la certeza de saber si es la mía. Alcanzo a sentir lo que imagino como una nariz delicada y fría. Luego mi cerebro hace una jugarreta y la imagen de Sarah Michelle Gellar (no rubia, como aparece en Cruel Intentions) hace que la sensación se desvanezca por un momento. Busco un punto de equilibrio entre la imagen, ésta no me indiferente ni desagradable, y la sensación, mágicamente real. La lucha es complicada, por momentos una domina sobre la otra sin dejar espacio a que una de las dos prevalezca. Permanezco quieto.


Permanezco quieto. Trato de jalar un poco de aire. Los cabellos me hacen cosquillas en la oreja y luego escucho una palabra que parece ser un nombre. Sarah Michelle Gellar desaparece. Tengo que abrir los ojos. Tengo que recordar ese nombre. Estoy acostado sobre mi lado izquierdo. Permanezco quieto.