
Mi amigos filósofos y otros bichos del estilo (de esos que piensan en la profundidad y que hay cosas por debajo de la realidad o más allá), siempre se enfadan cuando en medio de una conversación “profunda” lanzo alguna aseveración que la hace terriblemente superficial. Se enfadan:
1. Por la conversación, porque prometía más y porque vislumbraban, mediante un sincero y sencillo ejercicio de escucha, alguna respuesta al problema;
2. Por ellos, que piensa y generalmente se da un buen ejercicio de reflexión;
3. Conmigo, conmigo siempre se enfadan, les parezco desleal, no piensan que soy idiota sino algo diferente, algo peor. Me ven con los ojos de: “Traidor hijo de la chingada, no podías esperarte a que acabáramos para decir tus chingaderas. No podías.” Generalmente se desesperan (ya iracundos): algunos cortan la conversación, algunos me dicen con tristeza “No va por ahí, es otra cosa…”, algunos (los menos) se ríen, hacemos un par de bromas y regresamos, más frescos, al tema central.
Hace poco un buen amigo y yo discutíamos sobre el comportamiento de un sujeto. El defendía la parte pedagógica, psicológica y de carácter, un tanto la parte, digamos de clase, lo cual llevaba a una cierta ideología y daba como resultado un comportamiento. Yo opinaba casi lo mismo (exceptuando un poco la psicología porque me parece una ciencia gelatinosamente blanda) con la diferencia de que extendí el argumento hasta, digamos, el gusto.
El argumento fuerte de mi interlocutor era la psicología y el carácter, dado por una serie de circunstancias y momentos en su vida. Yo argumentaba más o menos por la línea, sólo que no dejaba en claro que el sujeto, por ejemplo, nunca tomaría un Paradis por no decir un Richard Hennessy y en cambio, sí elegiría Presidente o Ron Blanco. Velé esta parte porque era la parte débil de mi argumento, pero que realmente deja ver una serie de comportamientos, gustos y conocimientos que le dan al ser humano otra visión de la vida. Los griegos determinaban si una cultura era civilizada o no por la capacidad que tenía de hacer vino y pan.
1. Por la conversación, porque prometía más y porque vislumbraban, mediante un sincero y sencillo ejercicio de escucha, alguna respuesta al problema;
2. Por ellos, que piensa y generalmente se da un buen ejercicio de reflexión;
3. Conmigo, conmigo siempre se enfadan, les parezco desleal, no piensan que soy idiota sino algo diferente, algo peor. Me ven con los ojos de: “Traidor hijo de la chingada, no podías esperarte a que acabáramos para decir tus chingaderas. No podías.” Generalmente se desesperan (ya iracundos): algunos cortan la conversación, algunos me dicen con tristeza “No va por ahí, es otra cosa…”, algunos (los menos) se ríen, hacemos un par de bromas y regresamos, más frescos, al tema central.
Hace poco un buen amigo y yo discutíamos sobre el comportamiento de un sujeto. El defendía la parte pedagógica, psicológica y de carácter, un tanto la parte, digamos de clase, lo cual llevaba a una cierta ideología y daba como resultado un comportamiento. Yo opinaba casi lo mismo (exceptuando un poco la psicología porque me parece una ciencia gelatinosamente blanda) con la diferencia de que extendí el argumento hasta, digamos, el gusto.
El argumento fuerte de mi interlocutor era la psicología y el carácter, dado por una serie de circunstancias y momentos en su vida. Yo argumentaba más o menos por la línea, sólo que no dejaba en claro que el sujeto, por ejemplo, nunca tomaría un Paradis por no decir un Richard Hennessy y en cambio, sí elegiría Presidente o Ron Blanco. Velé esta parte porque era la parte débil de mi argumento, pero que realmente deja ver una serie de comportamientos, gustos y conocimientos que le dan al ser humano otra visión de la vida. Los griegos determinaban si una cultura era civilizada o no por la capacidad que tenía de hacer vino y pan.
Al final y ya un poco cansado de hablar del tema, le dije que era una cuestión de gusto, de buen gusto, incluso. No mames, respondió. Y tenía razón en parte, claro que cualquier persona primero debe estar realmente educada para tener un buen juicio de gusto. Al final mi interlocutor se desespero hasta que le dije: Es una cuestión de gusto y si no lo tiene es porque no está educado. Entonces es una cuestión de educación, me dijo, lo cual es muy diferente. Puede ser, le respondí, digamos que es una cuestión de educación, ¿quieres más vino?











